Wednesday, March 15, 2006

Concierto Barroco

... subió el Maestro al podium, agarró un violín, alzó el arco, y, con dos gestos enérgicos, desencadenó el más tremendo concerto grosso que pudieron haber escuchado los siglos -aunque los siglos no recordaron nada, y es lástima, porque aquello era tan digno de oírse como de verse...- Prendido el frenético allegro de las setenta mujeres que se sabían sus partes de memoria, de tanto haberlas ensayado, Antonio Vivaldi arremetió en la sinfonía con fabuloso ímpetu, en juego concertante, mientras Domenico Scarlatti -pues era él- se largó a hacer vertiginosas escalas en el clavicémbalo, en tanto que Jorge Federico Haendel se entregaba a deslumbrantes variaciones que atropellaban todas las normas del bajo continuo. "¡Dale, sajón del carajo!" -gritaba Antonio-. "¡Ahora vas a ver, fraile putañero!", respondía el otro, entregado a su prodigiosa inventiva, en tanto que Antonio, sin dejar de mirar las manos de Domenico, que se le dispersaban en arpegios y floreos, descolgaba arcadas de lo alto, como sacándolas del aire con brío gitano, mordiendo las cuerdas, retozando en octavas y dobles notas, con el infernal virtuosismo que le conocían sus discípulas. Y parecía que el movimiento hubiese llegado a su colmo, cuando Jorge Federico, soltando de pronto los grandes registros del órgano, sacó los juegos de fondo, las mutaciones, el plenum, con tal acometida en los tubos de clarines, trompetas y bombardas, que allí empezaron a sonar las llamadas del Juicio Final. "¡El sajón nos está jodiendo a todos!"- gritó Antonio, exasperando el fortissimo-. "A mí ni se me oye"- gritó Domenico, arreciando en acordes-. Pero, entretanto, Filomeno había corrido a las cocinas, trayendo una batería de calderos de cobre, de todos tamaños, a los que empezó a golpear con cucharas, espumaderas, rollos de amasar, tizones, palos de plumeros, con tales ocurrencias de ritmos, de síncopas, de acentos encontrados, que por un espacio de treinta y dos compases lo dejaron solo para que improvisara. "¡Magnífico!, ¡magnífico! -gritaba Jorge Federico-. "¡Magnífico!, ¡magnífico! -gritaba Domenico, dando entusiasmados codazos al teclado del clavicémbalo-. Compás 28. Compás 29. Compás 30. Compás 31. Compás 32. "¡Ahora!" -aulló Antonio Vivaldi, y todo el mundo arrancó sobre el da capo, con tremebundo impulso, sacando el alma a los violines, oboes, trombones, regales, organillos de palo, violas de gamba, y a cuanto pudiese resonar en la nave, cuyas cristalerías vibraban, en lo alto, como estremecidas por un escándalo del cielo.

Alejo Carpentier: Concierto barroco


El Bosco - El Juicio Final

Friday, March 10, 2006

Fuego Negro

Andrew Hill es uno de los grandes olvidados de la historia del jazz. El pianista de Chicago firmó a principio de los sesenta un jazz totalmente desprovisto de convencionalismos, de una libertad rítmica y armónica sorprendente. Es una lástima que sus discos pasaran relativamente desapercibidos entre los de sus contemporáneos Ornette Coleman y John Coltrane, porque el de Hill es un jazz de altura, ambicioso y tremendamente personal. Alfred Lion, el padre de Blue Note, supo reconocer al instante el genio del pianista, después de escucharlo en una sesión liderada por Joe Henderson. Los frutos de aquel flechazo fueron los cinco discos, todos ellos con composiciones originales, que Hill grabó en un período de apenas ocho meses. (!)

Últimamente parece que Blue Note quiere reivindicar la figura de Hill, ya que ha reeditado, con el sonido de lujo de la Rudy Van Gelder Edition, esos cinco primeros discos. Al menos tres de ellos merecen, si no lo tienen ya, el estatus de clásicos. Estoy hablando de...


Black Fire (1963)

Andrew Hill, piano - Joe Henderson, saxo tenor - Richard Davis, bajo - Roy Haines, batería

Debut de Hill como líder para Blue Note. Podemos decir que éste es un jazz que, aún sonando como ningún otro, todavía mira de reojo al hard bop. El resultado es uno de esos discos que a mí particularmente me vuelven loco. La banda está a la altura de las brillantes y muy originales composiciones de Hill. "Black Fire" marca el inicio de la fructífera relación entre el pianista y Richard Davis, uno de mis contrabajistas preferidos.

Judgment! (1964)

Andrew Hill, piano - Bobby Hutcherson, vibráfono - Richard Davis, bajo - Elvin Jones, batería

Maravillosa sesión, con un Bobby Hutcherson en estado de gracia. Más avant-garde que otra cosa, "Judgment!" es una delicia para los oídos. Elvin Jones funciona especialmente bien en este contexto, todo pasión y entrega. El primer tema, "Siete Ocho", aparte de tener un ritmo en ídem, cuenta con una de las figuras de bajo más memorables que servidor haya escuchado nunca. El refinamiento armónico de los solos de Hill, su aérea concepción del ritmo, tal vez se aprecien aquí mejor que en ningún otro disco.

Point Of Departure (1964)

Andrew Hill, piano - Eric Dolphy, saxo alto, flauta y clarinete bajo - Joe Henderson, saxo tenor - Kenny Dorham, trompeta - Richard Davis, bajo - Tony Williams, batería

Y llegamos a la que indiscutiblemente es una de las obras maestras del jazz de todos los tiempos, uno de mis discos favoritos de siempre, y otra exhibición de uno de mis jazzmen predilectos, Eric Dolphy. Los temas de Hill nunca podrían estar mejor arreglados, y nunca podrían sonar mejor. Esto es algo así como el "Brilliant Corners" de los 60 (y no es descabellado comparar a Hill con Monk). Dolphy devora vivos a los demás metales, pero es que estamos hablando de Dolphy. Tony Williams, a sus tiernos 17 añitos (!), golpea la batería como un poseso. En fin, la locura.

Como os dije anteriormente, Blue Note está reivindicando a Hill, que en la actualidad padece cáncer. Además de las reediciones de sus discos (algunos de ellos imposibles de encontrar hasta entonces) el mítico sello también está publicando sus últimos trabajos, después de una época de ostracismo. Ahora acaba de salir "Time Lines", que estoy seguro que merece mucho la pena. El fuego negro nunca se apaga...